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Archive for 8 junio 2015

askenazi

A finales de la pasada década el profesor de la Universidad de Tel Aviv Shlomo Sand publicó un libro que convulsionó a la sociedad israelí y a la comunidad judía internacional hasta el punto de convertirse en un éxito editorial que se propagó por Estados Unidos y Europa. La obra titulada “La invención del pueblo judío” planteaba que la población judía o al menos la inmensa mayoría de ella, los askenazí, no es descendiente de los judíos que habitaron el Israel bíblico sino que tiene su origen en un antiguo pueblo no semita de etnia turca, los jázaros o kázaros, convertidos al judaísmo entorno al año 800 de nuestra era.

Los Jázaros constituyeron un Estado independiente durante más de doscientos años, su territorio ocupaba una amplia extensión al norte del Caucaso, entre el mar Negro y el mar Caspio. A principios del siglo XI el reino jázaro desaparece y este pueblo se dispersa constituyendo contingentes de emigrantes que se dirigen hacia Occidente y hacia el imperio Bizantino, estas gentes con mejor o peor fortuna se establecen en los distintos reinos medievales para constituir las comunidades judías de Europa Oriental y Central, los judíos de linaje askenazí. El profesor Shlomo Sand aportaba para sostener sus tesis un contingente de pruebas historiográficas y arqueológicas que avalaban la ascendencia jázara de los askenazí. Además el historiador sostiene que la diáspora aplicada por Roma, tanto la primera tras la destrucción del templo en el año 70 como la última ordenada por Adriano tras la rebelión del año 132, sólo afectó a una parte minoritaria de la población, la inmensa mayoría permaneció en aquel territorio y son de quienes descienden los palestinos, que serian a la postre los israelitas originarios que tras la invasión árabe se convirtieron mayoritariamente al Islam. No cabe duda que toda esta revisión de los orígenes del pueblo de judío suponía cuestionar alguna de sus creencias más profundas que atañen a su expulsión histórica y a su derecho para retornar y crear el moderno Israel.

Al final del siglo XIX, antes de que se produjeran las dos grandes guerras mundiales, antes de que el sionismo se convirtiera en una poderosa corriente, antes de la Shoá, antes de la creación del Estado de Israel, la distribución de la población judío era muy distinta a la de nuestros días. Alemania y el Imperio Austro-Hungaro, las naciones eslavas y principalmente el imperio Ruso albergaban una considerable población judía. Los judios de occidente y los que mal vivían en las aljamas islámicas eran una fracción menor. Fueron además estos judíos germanos y eslavos los que protagonizaron la gran emigración a América, principalmente hebreos rusos, de los cuales alrededor de tres millones llegaron entre 1890 y 1920 a Estados Unidos .

Si Shlomo Sand ha acertado con su tesis, será necesario admitir que la mayoría de los ciudadanos de Israel y de la población judía mundial no son descendientes del pueblo elegido, de aquellos hebreos que condujo Moises a la Tierra Prometida, sino de un pueblo turco o caucásico que en los albores de al edad media se convirtió en masa a la religión de la Torá y del Talmud. Tal teoría tiene por añadidura la virtud de explicar el porqué de una distribución geográfica que hace que desde al edad media y moderna la inmensa mayoría de los judíos estuvieran asentados en Rusia y en las naciones eslavas y germánicas, mientras que en Europa occidental sus contingentes fueran una fracción menor. Pero la investigación sobre los jázaros del profesor Shlomo no es ni mucho menos un descubrimiento original, en los años setenta del pasado siglo un intelectual de reputada fama en la izquierda, Arthur Koestler, había identificado la ascendencia de los askenazí con los antiguos jázaros.

Periodista y escritor, Arthur Koestler era húngaro de origen judío; su vida fue un carrusel de viajes

y de adhesiones a ideologías políticas que acabó rechazando. Abrazó en su juventud, durante los años veinte, los ideales del sionismo con tanto entusiasmo que a pesar de pertenecer a una familia acomodada marchó como colono a un Kibutz en Palestina. A su regreso a Europa dejó de interesarle la causa sionista y se trasladó a Alemania para ampliar los negocios familiares, que abandonó para convertirse en periodista. Posteriormente se trasladó a Francia e ingresó en el partido comunista. Participó como espía a favor de la república en la guerra de España, pero aquella experiencia desembocó en una crisis política y personal, se transformó en un convencido anticomunista pero también en escritor de fama mundial por su libro “El cero y el infinito” en el que denunciaba las purgas del estalinismo. Tras la segunda guerra mundial se instaló definitivamente en Inglaterra, adquirió la nacionalidad británica y se interesó por temas históricos y científicos, abandonando definitivamente sus anteriores inquietudes políticas. Más tarde se ocupó del mundo de las religiones y lo esotérico, viajó a la India y al Japón y fue uno de los pioneros de la parapsicología. En el ocaso de su vida aborda de nuevo un tema, el de los orígenes del pueblo judío, que le devuelve a las inquietudes de su juventud. Escribe en 1971 “The Thirteenth Tribe : The Khazar Empire and Its Heritage”. Koestler pone en entredicho la idea de que el proselitismo es ajeno a la religión judía. El judaísmo no sólo pudo competir con el cristianismo y el islam en la conversión de turcos y eslavos, sino que existió un estado judío tan poderoso que dominó un amplio territorio, se enfrentó con éxito a los árabes y bizantinos y durante siglos controló la ruta de la seda.

Conviene en este punto indagar sobre las ideas de Koestler. Tras su participación en la guerra de España y el cataclismo de la segunda guerra mundial se había convencido que la democracia occidental colmaban la aspiración humana a la libertad y una vida prospera. Atrás quedaban sus veleidades comunistas pero también aquel fervor sionista de su primera juventud. Era judío de origen pero se había transformado por adopción y convicción en inglés y consideraba que en una sociedad moderna los judíos debían integrarse en la nación en la que residían, abandonando su status de minoría aislada. Los judíos debían dejar de ser judíos, para ser solamente ingleses, americanos, franceses y aquellos que desearan permanecer en la tradición hebrea no deberían tener otra opción que emigrar al nuevo estado de Israel.

Koestler explicaba la historia del antisemitismo como una reminiscencia del fanatismo religioso que provenía de al Edad Media, del tiempo del conflicto entre el cristianismo, el islam y el judaísmo. Aspiraba a que la discriminación y la persecución de los judíos quedará definitivamente superado en el mundo moderno y la sociedad democrática. En realidad Koestler que conocía bien la obra Ernst Renan, retomaba la ideas que un siglo antes había expuesto el pensador francés.

Renan había leído en la Sorbona en 1882 su famoso discurso “¿ Que es una nación ?”, cuyo eco llega a nuestros días y en el que expone la concepción plebiscitaria de la nación, la que se ajusta al ideal democrático que provenía de la revolución francesa. Justo un año después en 1883 pública un ensayo titulado “Le Judaïsme comme race et religion “ en el que cuestiona que los judios constituyan una raza como tal que ha perdurado a lo largo de los siglos y de las sucesivas migraciones. Renan valoraba como un logro para él irrefutable de la Repùblica Francesa, la integración como ciudadanos iguales al resto de los franceses de las dos minorías objeto de la inquina y persecución antes de la revolución, los protestantes y los judios. Durante el antiguo régimen sobre los protestantes recaía siempre la sospecha de traición al Rey y de servir a los intereses de Holanda y de Inglaterra, en cuanto a los judíos su mala fama de usureros y explotadores de los más humildes estaba tan arraigada en Francia como en cualquier otra nación de Europa. Renan ideólogo de un nacionalismo liberal y además anticatólico contemplaba con preocupación la difusión del antisemitismo moderno. Había escrito una voluminosa “Historia de los orígenes del cristianismo” que era una crítica radical a la religión y posteriormente trabajó en una historia de judíos, por ello era conocedor de la existencia un libro hebreo del siglo XII “El Kuzarí” , es decir “El Jázaro”. Su autor fue Judá Leví, médico, místico y poeta sefardí, nacido en una de la más famosas juderías de la España musulmana, la de Tudela entorno al año 1070. La obra originalmente escrita en árabe, que era el idioma común entre los judíos, es una apología de al religión judía, en la que en forma de diálogo el propio autor convence al rey de los jázaros de la superioridad del Judaísmo frente la Islam y le Cristianismo, convirtiéndose este finalmente a la fe mosaica. Este libro parecía una prueba solida de la conversión de los jázaros al judaísmo y así lo interpretó Renan, después sólo le restó identificar a los askenazí, los judíos del Este de Europa, como descendientes de este pueblo.

¿ Fueron los jázaros de religión judía?. Como no quedan testimonios propios de este pueblo, hay que recurrir a las fuentes musulmanas y bizantinas. Los textos árabes se refieren a los kázaros o jázaros como un pueblo pagano y belicoso que nunca pudo ser sometido y convertido al islam, pero tampoco dicen que fueran ni cristianos ni judíos. Los griegos y los armenios establecieron alianzas con los señores jázaros y participaron en campañas militares conjuntas contra los árabes, pero en sus crónicas no se dice nada explícitamente sobre la religión que profesaban; nombres de algunos príncipes o reyes jázaros provienen del Antiguo Testamento, pero siendo así no hay forma de discernir entre judaísmo y cristianismo, en todo caso como prueba resultaría insuficiente. En realidad se sabe muy poco de los jázaros, asignarles una religión nacional, pagana, judía o cristiana, no es algo que se pueda acreditar con el conocimiento que actualmente se tiene de este pueblo.

En cuanto Judá Levi nunca viajó al antiguo país de lo jázaros, que había desaparecido antes de que el naciera y tampoco se aproximó ni remotamente al Caúcaso ni a las estepas inmensas al norte del mar Negro. Su vida era la de un médico itinerante en las cortes de las taifas musulmanas de España, se estableció por temporadas en los reinos de Zaragoza, de Córdoba y de Granada. El prestigio de los médicos hebreos y la influencia de los visires y consejeros de origen judíos facilitaban estos traslados de una corte a otra. En todo caso su fama fue extraordinaria como médico y hombre sabio, tanto es así que estuvo afincado durante un tiempo en Toledo, recién reconquistada Alfonso VI, que se interesó personalmente por él.

En los años de su madurez Judá Levi tuvo que contemplar como se desmoronaba la paz y la prosperidad de las juderías en la España islámica por causa de los nuevos conquistadores almorávides. Fue en esta época, entorno a la década de 1130, cuando escribió “el Kuzarí”, una apologética del judaísmo frente a cristianos y musulmanes, estos último transformados de tolerantes protectores en una amenaza para la supervivencia de los hebreos en España. Si Arthur Koestler abrazo en su juventud el ideal sionista y marchó hacía la tierra bíblica de Israel, Judá Leví realizará ese viaje cuando es ya un hombre mayor, en torno a 1140 se embarca en una nave en Sevilla que le llevará tras meses de arriesgada navegación a Alejandría. Agasajado por la prospera comunidad judía de Egipto demoró durante un tiempo el viaje a la Jerúsalen anhelada Lo ricos hebreos de oriente competían por ser anfitriones del sabio de Sefarad y le acogían ofreciéndole unos lujos más propios de un príncipe árabe que de un rabino. Su estancia en Egipto se prolongó durante meses, quizás años, pero día tras día su conciencia le recordaba aquellos veros que escribió antes de partir de España:

Estoy encantado de dejar atrás

todos los placeres de Sefarad,

sólo con tal de ver

el polvo y las ruinas de tu Santuario.

Sabemos que Judá Leví se embarcó en una nave en Alejandría que debía conducirle hasta San Juan Acre, su intención era desde allí llegar a la Ciudad Santa. Pero a partir de ese momento desaparecen los testimonios fidelignos y surge la leyenda como único testigo del pasado. Tras un agotador viaje que consumió su débil salud, alcanzó a contemplar Jesrusalen. Lo que vieron sus ojos fue una gran ciudad cuyas murallas están jalonadas por los estandartes de los cruzados; donde se alzaba el Templo hay una planicie extensa en la que destaca el edificio majestuoso, mitad iglesia, mitad palacio que había sido antes de la conquista cristiana la mézquita de Al-Aqsa, la llamada Cúpula de la Roca. El anciano, que como judío tiene prohibido entrar en la ciudad, camina casi sin fuerzas, lentamente, paso a paso, siguiendo el rito consistente de rodear el perímetro de la ciudad .Se detiene en cada puerta que encuentra, para orar mirando a Jesrusalen. Es entonces cuando un jinete árabe, que cabalga al galope para entrar en la ciudad, lo arrolla y pone fin a sus días.

Sefardí, significa judío de Sefarad y Sefarad es España en su lengua. Askenazí significa judío de Asquenaz, que es como ellos denominaban a Alemania, al país de los germanos. Nada permite afirmar con seguridad que el reino jázaro fuera un estado judío: los jázaros pudieron ser judíos ciertamente y también cristianos o quizás permanecieron fieles a su religión primigenia, de la que apenas sabemos nada como ocurre por lo general en todo lo relacionado con este pueblo, que desapareció en los albores del siglo XI sin dejar rastro. Lo que sí es cierto es que Renan, Koestler y Shlomo Sand tenían como fundamento para explicar su teoría del origen de los askenazí un libro escrito en árabe en el siglo XII por un sabio sefardí de la España musulmana en el que defendía la superioridad de su religión y relataba la conversión al judaísmo de un imaginario rey de un país tan lejano como desconocido.

Los tres escritores perseguían desligar la identidad racial de la cuestión judía. Además comparten un pensamiento político democrático que asigna a la religión una importancia secundaria dentro de una sociedad secularizada, el problema histórico del judaísmo quedaría así superado en su doble faz étnica y religiosa. Lo judíos vendrían a ser unos occidentales más con una tradición religiosa distinta de la cristiana. Que para tal propósito se hayan servido de la obra un hombre que vivió hace muchos siglos, Juda Leví, que hizo de su raza y de su religión los dos anhelos que dieron sentido a su existencia, resulta paradójico pero también infundado históricamente.

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